
Está toda la calle oscura. Al pasar por delante de una cafetería que aún no ha abierto, alcanzo a oler el pan recién hecho y los primeros vapores del café. Una luz tenue que asoma por debajo de la reja de la puerta parece que me manda señales. Suficiente para animarme a continuar. Suficiente para que mi mente empiece a despegar y viaje hacia aquellos días en los que podía disfrutar de un desayuno acompañada o sola, según lo que decidiésemos en casa.
Como cabía esperar, y para no perder la costumbre, me sumerjo en un atasco en el mismo punto de siempre. Los primeros rayos de sol calientan mi cara y mis manos. Me encantaría volar. Esta vez para saber que llego a tiempo, que no me voy a retrasar nunca más. De repente, un árbol cubierto de flores blancas de tono violáceo, rodeado de otros semejantes y arbustos desnudos y yerba parda, parece invitarme a entrar en ese mundo de fantasía, de ficción, de pura creación.
Según avanzo por la autopista, una paloma cruza dos veces por delante del coche. Vuelvo a pasar por el mismo punto que estaba el árbol cubierto de flores. Ya no están las flores. Vuelve a estar desnudo, a lo mejor porque por la noche piensa que nadie lo ve y le es más cómodo dormir al descubierto. Pegada a él, una farola sin luz permite que dos pájaros negros de cabeza pelada tomen aliento mientras peinan sus plumas con el aire que levantan los vehículos que corren bajo su mirada.
Me adelanta un camión. No me importa. Sé que voy a la velocidad indicada. Ahora sé que sigo mi camino.
Como cabía esperar, y para no perder la costumbre, me sumerjo en un atasco en el mismo punto de siempre. Los primeros rayos de sol calientan mi cara y mis manos. Me encantaría volar. Esta vez para saber que llego a tiempo, que no me voy a retrasar nunca más. De repente, un árbol cubierto de flores blancas de tono violáceo, rodeado de otros semejantes y arbustos desnudos y yerba parda, parece invitarme a entrar en ese mundo de fantasía, de ficción, de pura creación.
Según avanzo por la autopista, una paloma cruza dos veces por delante del coche. Vuelvo a pasar por el mismo punto que estaba el árbol cubierto de flores. Ya no están las flores. Vuelve a estar desnudo, a lo mejor porque por la noche piensa que nadie lo ve y le es más cómodo dormir al descubierto. Pegada a él, una farola sin luz permite que dos pájaros negros de cabeza pelada tomen aliento mientras peinan sus plumas con el aire que levantan los vehículos que corren bajo su mirada.
Me adelanta un camión. No me importa. Sé que voy a la velocidad indicada. Ahora sé que sigo mi camino.
