miércoles, 16 de junio de 2010

16.06.2010


De repente un golpe. Una sacudida en la cara que se propaga rápidamente por todo el cuerpo. Lo sabía y sin embargo no lo vi venir. Esta sensación ya la conozco. Cada vez que llega juro que para la próxima estaré preparada, pero no logro aprender. Siento el daño y trato de disimularlo. Eso hace que el dolor sea cada vez más fuerte. Quiero gritar, y la voz no sale. Quiero llorar pero mis ojos están tan secos que queman. Quiero moverme y el cuerpo se agarrota, tanto, que dejo de sentirlo. Ya no me pertenece.

Se vuelve todo negro y corro, corro, corro. Está todo negro. Sólo siento mis piernas que tratan de huir de algo, pero que no saben de qué. Y el aire, que se agota. Y cuerpos grises indefinidos, que rozo y me arañan. Y el ruido, que me ahoga. Y yo, que corro.

Todo se para. Sólo se escucha mi respiración en un espacio vacío que está en penumbra. No hay nada. Excepto mi cuerpo. Excepto mi persona. Miro alrededor, y veo. Escucho, y oigo. Aunque no me guste y no quiera. Aunque me duela. Está ahí.